Desde fuera, todo parecía encajar como un reloj suizo.
Pero él se sentía como una marioneta colgada, que sonríe con hilos tensos. No sabía cuándo había empezado a sentirse así, o si simplemente había ignorado las señales durante demasiado tiempo. Lo cierto es que algo dentro de él crujía con cada logro conseguido, como si cada nuevo éxito fuera, paradójicamente, una piedra más en el muro que lo separaba de sí mismo.
Tenía una agenda llena y una vida vacía.
Conversaciones constantes, pero ninguna que realmente le tocara el alma.
Propósitos cumplidos, pero ningún propósito propio.
A veces se despertaba en medio de la noche con el pecho apretado, sin motivo aparente. Solo esa sensación de estar viviendo una vida que no era del todo suya. Como si hubiese seguido un camino trazado con regla, sin atreverse jamás a salirse del margen. Había confundido lo correcto con lo verdadero. Y ahora no sabía quién era debajo del traje, ni qué deseaba más allá de la próxima meta.
Lo peor no era estar perdido. Lo peor era haberse dado cuenta demasiado tarde —o eso creía— de que nunca había elegido en realidad. Sólo había obedecido.
Y aún así, dentro de todo ese desorden emocional, empezaba a germinar algo: una incomodidad nueva, diferente. Una especie de hambre. Tal vez no todo estaba perdido.
Tal vez el hecho de sentirse encerrado era la señal de que aún quería escapar. Aún quería vivir, no solo cumplir.
Y en medio del ahogo, una pregunta sencilla, honesta, brutal:
¿Qué harías si no tuvieras miedo?
La respuesta aún no la tenía. Pero por primera vez en mucho tiempo, quería buscarla.