Durante años, el mundo
del código fue mi territorio. LÃnea tras lÃnea, construà puentes invisibles
entre máquinas y personas, encontrando en la lógica una forma de ordenar el
caos. Pero un dÃa, casi sin darme cuenta, las palabras comenzaron a reclamar su
espacio. Dejé que entraran. Primero tÃmidamente, en algún curso de escritura
creativa, y luego con la fuerza de quien descubre un segundo hogar. Hoy, sigo
habitando ambos mundos: programador de profesión, narrador por vocación
creciente. A veces, me atrevo a enviar alguna historia a un concurso, como
quien lanza una botella al mar, con la esperanza secreta de que alguien la
recoja.