Era
un domingo por la tarde, el tipo de día que se siente suspendido, como si
estuviera esperando a que algo sucediera. Lucas estaba en la estación de tren,
mirando los anuncios que parpadeaban sin cesar. El reloj sobre la taquilla
marcaba las 18:00, pero no importaba. Los trenes llegaban y se iban, y todo
seguía igual.
De
repente, el altavoz anunció el último tren del día: "Tren con destino a San Junípero. Última salida a las 18:15". Lucas levantó la vista y vio
cómo la multitud comenzaba a dispersarse. El andén se vaciaba poco a poco, pero
algo lo hizo permanecer en su lugar.
Había
algo inusual en este último tren. No era solo su hora tardía ni el aire vacío
que lo rodeaba. Era el hecho de que nadie más parecía notar que había algo
extraño en el tren. La máquina estaba apagada, sin humo, sin rieles vibrando
bajo ella, como si hubiera llegado de otro tiempo.
Cuando
las puertas del tren se abrieron, Lucas no pudo evitar acercarse. Nadie lo
detenía, y algo lo empujaba hacia adentro, una curiosidad desesperada que no
podía explicar. Subió y se sentó en un asiento vacío. Afuera, la estación había
quedado en completo silencio. El tren arrancó lentamente.
Mientras
las luces parpadeaban, Lucas observó que en el asiento frente a él había una
carta. La tomó y leyó las palabras escritas: "Este es el último viaje
que harás. No te preocupes, no hay vuelta atrás."
Antes
de que pudiera reaccionar, el tren se detuvo. La estación había desaparecido.
Y, en su lugar, solo quedaba la oscuridad.