Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) se dio a conocer con Los
nombres propios, una mirada a la infancia y el crecimiento que, con las
pertinentes licencias dramáticas de la autoficción, inspeccionaba el ambiguo
equilibrio entre la soledad –a veces elegida, otras veces menos– y el apego.
En No todo el mundo (Sexto Piso), la escritora
rastrea la noción del amor contemporáneo desde la inferencia, con la mirada
fija en lo concreto y la voluntad en lo genérico a lo largo de catorce
relatos que alternan con envidiable fluidez tiempos, perspectivas, ilusiones,
sinergias, roces y desavenencias. Nos encontramos con ella en la Cafebrería ad
Hoc, uno de sus lugares de referencia en el frenético y polivalente Madrid que
atraviesa la obra.
Tras Los nombres propios,
que era en mayor o menor medida tu propia historia, No todo el mundo es
enteramente ficción. ¿Por qué escogiste el amor como tema?
No es tanto que yo lo eligiera. Yo no digo un día:
‘Voy a escribir sobre el amor’, sino que se me iban ocurriendo relatos al
respecto. Supongo que porque es un tema que me interesa, que me interpela, y
sobre el que nos estamos replanteando muchas cosas ahora. Pensándolo a
posteriori, creo que la pareja acaba de nacer como fin en sí mismo. Hasta
anteayer, la pareja tenía la forma de matrimonio, y el matrimonio estaba
atravesado por el patrimonio y por la descendencia. No es hasta que la
mujer se hace independiente económicamente y hasta que progresivamente tener
hijos parece cada vez menos un imperativo que nace la idea de la pareja como
fin en sí mismo. Así que tiene sentido que la replanteemos y que
pensemos qué es lo que nos une si ya no son ni los hijos ni el patrimonio.
¿Por qué relatos cortos?
No lo sé. Ahora ya estoy cansada de los relatos, pero
cuando acabé la novela quemé un poco el género, y para que se me ocurriera otra
tenía que pasar un poco más de tiempo. De manera muy natural empezaron a
salirme relatos. Los primeros los escribí al mismo tiempo que Los
nombres propios y eran más o menos pausas en mitad de esa novela.
Finalmente, cuando ya tenía cuatro o cinco vi que había temas y tonos comunes y
me dije que ahí había un libro, y lo abordé como tal.
¿De dónde has sacado las ideas
para los personajes y las historias?
En realidad, las ideas las saco yo. No creo
que sea necesario experimentar algo para escribirlo. Creo que lo
fundamental a la hora de escribir es la observación, ya sea de tu propia vida o
de la de los demás. En este caso, además de inventar, he observado tanto mi
vida como la de mi entorno, dinámicas sociales que se están dando a mi
alrededor y que creo que son muy comunes ahora. Me gusta mucho escribir sobre
lo contemporáneo, porque me ayuda a entender el mundo en el que vivo.
El protagonista de Cuando
yo te conocí está haciendo un taller de escritura y dice que no le
gusta la autoficción porque es el género de los que no tienen imaginación, de
los vagos, de los ególatras y de los sensibleros. ¿Cómo consigues abstraerte
para poner en boca de un personaje algo diametralmente opuesto a lo que piensas
y además argumentarlo de modo convincente?
Me hace gracia. A veces, incluso nosotros
mismos pensamos varias cosas a la vez, ¿no? Yo no tengo nada en contra
de la autoficción, hay muchos libros de ese género que me encantan, pero
también me puede acabar cansando. Por otro lado, lo divertido es eso. Me
gusta mucho ponerme en la cabeza de personajes que no piensan como yo, algo
que también hice en Los nombres propios, donde además del personaje
que era mi alter ego escribí el de Charlie y el de la amiga
que la traicionaba. Siempre escribes varios personajes. Con unos estás
más de acuerdo y con otros menos, pero tienes que quererlos a todos. Nunca
he creado deliberadamente un personaje que me pareciera odioso. Podría intentar
hacerlo, pero necesitaría un punto de conexión con él, tenerle cariño por algún
lado. Creo que es muy difícil crear un personaje desde la confrontación
absoluta; sin duda, a mí me costaría bastante. Es como lo que dicen los
actores, que cuando interpretas a alguien tienes que empatizar con él, lo que
no significa estar de acuerdo ni identificarte. Pero tienes que
mirarlo con algo de cariño, aunque sea un asesino en serie.
¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Te
vienen las ideas espontáneamente, te pones a pensar mientras paseas o te
sientas ante un folio en blanco y es ahí cuando surge todo?
Me vienen las ideas. Escribo sobre temas que
me importan, de los que hablo mucho con mis amigos y con mi pareja, así
que muchas de ellas salen de la conversación y de la observación. Pero es
verdad que la creación artística no es nada ordenada. A lo mejor has
hablado de algo y la idea relacionada con esa conversación te viene un mes
después en el supermercado, porque hay que rumiar y guardar un poco las ideas.
Por primera vez en mi vida, con uno de los relatos del libro estuve un día
entero hablando de determinados temas y dinámicas, me acosté y me desperté con
la primera frase del relato en la cabeza. Tuve que levantarme a
escribirla, como en las películas. No me había pasado nunca, pero creo que
viene a resumir el proceso. Necesitas ese sueño, ese descanso y ese
reposo para que la idea vaya a otro lado y vuelva en forma de ficción.
En este libro, las relaciones de
pareja o conatos de relación empiezan en el momento en que ambos se conocen y
el ingrediente común a todos ellos es un interés sexual o romántico. ¿Crees que
el amor arranca en el primer contacto o puede hacerlo más tarde?
El problema es que dentro del amor caben muchas
cosas. Nos empeñamos en que una única palabra defina demasiadas cosas.
Las editoriales tienen que elaborar una nota de prensa con una síntesis, así
que se dice que son relatos de amor, pero yo siempre concebí este libro como
relatos de pareja. Historias románticas, si quieres, pero no necesariamente
positivas: hay muchas de desamor y de cosas que no llegan a ninguna
parte. Y no creo que el amor tenga que darse desde el primer momento:
también puede ser progresivo. Hay millones de maneras de enamorarse
y de conocer a alguien. Yo he jugado con eso y me he divertido mucho. Ha
sido una reinterpretación del chico-conoce-chica en la que he cogido esa escena
en la que ella se choca con él, él le tira el café encima y entonces, ¡oh,
magia!, y he intentado darle matices, darle complejidad, darle notas al pie,
profundidad y verosimilitud, porque lo del café encima de la camisa blanca de
la otra no tiene ninguna verosimilitud.
En Clamorosa y frenético ella
dice que se lanzó al enamoramiento porque ninguno de los dos llamaba ya amor a
nada. ¿Por qué no? ¿Qué distingue al amor del enamoramiento?
Ese relato hace alusión a que cuando ya has
tenido varias relaciones siempre llega un momento de desazón o de cinismo que,
históricamente hablando, es bastante nuevo: tener varios ex o varias relaciones
anteriores. Esto no les ocurría a nuestros abuelos, y a nuestros padres les
pasaba mucho menos que a nosotros. Hay un punto en el que también hay
que asumir lo que no sale, y creo que casi todos pasamos por una fase de
relativo cinismo con respecto al amor, en plan: ‘Bueno, ya lo he intentado,
no me ha salido, pues ya no le llamo amor a nada porque sé que al final va a
acabar mal’. Respecto a la diferencia entre el amor y el enamoramiento, pueden
ir de la mano muchas veces, pero entiendo que podríamos entender el
enamoramiento como ese primer flashazo que a veces perdura y
se convierte en un amor más largo, y que otras veces no lo hace.
Exploras esa relevancia del ex o de los ex, en plural, en El rastro, cuya protagonista detesta ver el más mínimo vestigio de una ex de su pareja. Cuando empezamos una relación nueva, ¿llegamos limpios o siempre queda un poso?
Las exparejas pesan y también son un aprendizaje,
cualquier relación lo es si posteriormente haces una reflexión. De las
relaciones puedes aprender cosas sobre lo que necesitas y lo que no, lo que
estás dispuesto a dar y lo que no. Y sí, creo que en algún momento eso se
cierra. Eso aparece en el relato final, cuando ella está en el hospital y los
dos se abrazan y escribo que sus ex salen por la puerta y ya se quedan solos
ellos dos. Cuando conoces a alguien le cuentas de dónde vienes, pero hay un
momento en que eso deja de tener relevancia.
¿Qué es lo que define el amor en
el contexto sociológico actual? ¿Qué es lo que esperamos de él?
Esperamos demasiado. Queremos la pasión, la
compañía, la tranquilidad, la estabilidad, la aventura, la diversión sexual, la
confianza pero también el nervio. Para responder a esta pregunta te diría
que es lo que he intentado desentrañar en el libro. Y el libro nunca es una
respuesta, sino el desarrollo de una pregunta. Hay muchísimas cosas del
amor que siguen siendo como siempre, porque uno lee los poemas de Catulo y se
siente identificado. Y el nervio que se siente antes de quedar con alguien
que te gusta, o la tristeza que se siente cuando alguien que te gusta no quiere
quedar contigo, llevan siendo los mismos desde hace muchísimo tiempo. También
hay muchas cosas que han cambiado. Algo importante en el libro es la presencia
de la gran ciudad, con Madrid como ejemplo. El mundo se ha convertido en algo
mucho más grande. Mis abuelos solo podían elegir a la gente de su
pueblo, que era muy pequeño. Mis padres estudiaron en Madrid y yo en segundo de
carrera me fui de Erasmus. Por no hablar de internet, donde puedes estar
ligando con alguien de la otra punta del planeta. El mundo se ha hecho
grande y eso cambia la configuración de las relaciones, que es lo que he
intentado reflejar en el libro.
Volviendo a Clamorosa y
frenético, a él le gusta mucho observar la expresión de sorpresa de ella
cuando él dice algo muy ingenioso y atinado. ¿Crees que el amor se nutre en
parte del impacto que percibimos que causamos en el otro? ¿Hay algo de
narcisismo en ello o no?
Creo que el amor funciona como un espejo y
cuando el otro se ríe piensas que eres divertida, y cuando el otro te escucha
piensas que eres interesante. Y cuando el otro te mira, piensas: «Qué guapa
estoy hoy». El amor se nutre de ese diálogo gestual y visual. Y no creo que sea
en el mal sentido. Hay algo muy positivo y valioso en saber buscar el
reconocimiento y el amor, porque todos necesitamos sentirnos queridos. El
amor es un intercambio, esa es la gracia. Igual que recibimos la mirada del otro,
se la damos; igual que recibimos su risa, se la damos. Lo que se produce es
un diálogo, no un reflejo narcisista de uno mismo. Puede haber relaciones
románticas narcisistas, pero no estaríamos hablando de un vínculo muy
sano.
En esa misma historia, él se
dice: “Me voy a enrollar con ella para tener algo que contarle a mi novia,
porque técnicamente no ha pasado nada”. ¿Crees que a la hora
de plantearnos comunicar a nuestra pareja la disrupción que provoca la
atracción por una tercera persona damos más importancia al hecho de que haya
habido una materialización sexual que al sentimiento que esa persona despierta
en nosotros?
Sí, creo que aún tenemos una herencia que le
ha dado al sexo una consideración demasiado relevante, aunque nos estamos
deshaciendo de ella. Hace nada este era un país muy católico y cuando el sexo
es algo que no se debe hacer por placer, y es tabú, y está prohibido, pues se
convierte en algo muy importante. Pero creo que ahora mismo no lo es
tanto, en el mejor de los sentidos. Hay un artículo de Manuel
Jabois, Hay más cuernos en un buenas noches, que me encantó y
que habla de eso, de que peor es prolongar determinadas conversaciones y
decirse según qué cosas que darse un beso. Digamos que hay muchas
maneras de romper la intimidad y la sexual no tiene por qué ser la peor de
ellas.
La ciudad moderna, el último relato, en el que los
dos se quieren dar mucho espacio, se abre con una cita de André Green: “El
aferramiento es lo contrario al vínculo”. ¿Por qué?
Lo que intento reflejar en él es que al principio
ninguno de los dos quiere estar con el otro y al final acaban juntos. Sin
embargo, cuando nos aferramos mucho a algo, normalmente estamos forzando, y esa
actitud no es buena compañera de un vínculo sano. Cuando el vínculo
existe va por otro lado, no por el agarrar o el aferrarse.
El tiempo es un factor que
subrayas mucho en él: escribes que no saben si van a estar juntos seis meses,
seis años o toda la vida. Eso sí es algo muy consustancial a cierta forma de
vivir el amor hoy en día, ¿no?
Las últimas generaciones han tenido que aprender a
lidiar con la incertidumbre. Uno de los
males de hoy es que todo es líquido, nada se puede dar por sentado, no hay
certezas. Ya hemos decapitado al rey, nos hemos cargado a Dios y no hay un
único líder político, así que las certezas son pocas. En concreto, en las
relaciones de pareja, venimos del discurso de que había que aguantar
con alguien toda la vida, y creo que, saludablemente, eso ya se ha acabado
también. La duración a veces sí tiene su importancia en cuanto a que para
que ocurran ciertas cosas necesitas un determinado tiempo y desarrollo en una
relación. Pero hoy en día separarse no es un drama y comenzar una relación
nueva no es un problema.
¿Crees que eso puede estar
pasándonos factura? ¿Que el hecho de que sea tan fácil romper puede estar
acabando con relaciones que quizá habrían tenido un recorrido más largo, un
recorrido bueno?
Yo no lo creo. No creo que sea fácil romper,
creo que es muy difícil. Simplemente creo que está aceptado socialmente y
que ya no es el fin del mundo. Antes, especialmente si eras mujer, si te
dejaban era el final de tu vida. Y ahora no lo interpretamos así, lo cual no quiere
decir que sea fácil romper. Yo veo a mi alrededor un enorme deseo y
necesidad de vínculos estables y duraderos. No creo ni que seamos más
caprichosos ni que no sepamos hacer el esfuerzo ni nada parecido, sino que
sencillamente la configuración y los ritmos son otros y tenemos que adaptarnos
a una nueva manera de vivir las cosas.
En No todo el mundo hay
una tendencia a las estructuras simétricas: alternas los puntos de vista de
ambos de un párrafo a otro, y repites la sintaxis y el léxico con las variaciones
necesarias para adaptarlo a cada personaje. ¿Es un rasgo general de tu
escritura o has querido hacerlo en este libro concreto por el carácter dual
intrínseco a la figura de la pareja?
Es algo que he hecho en algunos de los relatos de este
libro, porque creo que en literatura forma y contenido son lo mismo.
Y una relación de pareja es eso, esa simetría que en realidad es asimetría,
porque a menudo en cada espejo hay un reflejo distinto. También hay algún
relato, como Lo de Verónica, en el que lo que quería era
precisamente romper esa idea y en el que lo que el lector tiene es la
composición de lugar de una persona, pero no sabe nada de lo que piensa la
otra. Ahí es el lector quien tiene que deducir, que es algo que también pasa en
la vida real.
Otro rasgo muy recurrente en tu
literatura son los saltos al futuro, los ‘flash-forward’. ¿Por qué
esta voluntad de que el narrador rompa los tiempos como quien lee la
bienaventuranza, pero desde la certidumbre de lo que ya ha ocurrido?
Quizá sea una influencia del audiovisual. Cada vez
estamos menos acostumbrados a los relatos estrictamente lineales, y también me
ayuda a darle ritmo. Me han dicho que son relatos veloces y que se leen
muy bien, muy rápido. No quiero aburrirme ni aburrir al lector, así
que supongo que es una mezcla de esas dos cosas y de la influencia del cine y
de las series.
También alternas mucho el
narrador, incluso en el mismo capítulo o párrafo. ¿Qué aporta esta pluralidad
de voces?
Por un lado, está la pluralidad de perspectivas:
además de la de él y la de ella, hay una tercera, que es la del narrador que se
mete a opinar como si hubiera una realidad objetiva, una suma de esas dos
partes. Y viniendo de Los nombres propios, que era mi propia
historia, me he divertido mucho buscando estructuras distintas y pensando qué
narrador podía ser más interesante en cada relato.
A veces despliegas varias
posibilidades en el curso de cada historia. Eso abre un juego con el lector, a
quien das a elegir la opción que él prefiera. Y también estás mostrando el
engranaje, subrayando el hecho de que lo que está leyendo es una historia, es
ficción. ¿Por qué este recurso de romper la cuarta pared?
Este relato en concreto pone en juego el tema de las
clases sociales. Tenemos a una chica de clase muy alta con un chico de clase
baja. Me hacía gracia decir que en realidad no importa qué profesión tenga,
porque va a ser una de estas: va a cobrar poco, mal y en B. Y tampoco importa
mucho lo que haga ella, porque tiene la vida resuelta. Y sí, también hay una
parte de juego: son cosas con las que me divierto yo y con las que supongo que
se puede divertir el lector. Por otro lado, creo que es un rasgo muy de
la literatura de hoy. Ya no nos creemos ese narrador en tercera del siglo XIX,
y me parece divertido jugar con esa metaficción: dar al narrador su
propio punto de vista y dejar que lo exprese. Al fin y al cabo, también
nosotros, en nuestras relaciones personales, lo que hacemos es construir una
historia que relatamos a los demás de una determinada manera: ‘¿Cómo os
conocisteis? Bueno, pues mira, tal, cual’. Me interesaba subrayar que toda
relación es como la relatas.
¿Hasta qué punto era importante
situar la acción en Madrid o, como dices en un último capítulo, en “la ciudad
moderna”? ¿Cómo condiciona vivir en una ciudad el tono, las expectativas o las
posibilidades de las relaciones que se dan en ella en contraste con las que son
comunes en una ciudad pequeña o en un pueblo?
Afecta en la facilidad para verse, en la cantidad de
gente que tienes en común, en muchas cosas. Pero en este libro la ciudad no
funciona tanto como oposición al mundo rural, sino como representación
del mundo moderno. Que esa ciudad fuera, concretamente, Madrid no es
especialmente importante desde el punto de vista literario: podría haber sido
Barcelona, París o Nueva York. Pero hay algo que subyace en todas ellas. Antes
decías que no he hecho autoficción en este libro, pero sí que está en cada
página mi historia de amor con Madrid, porque es una ciudad que
adoro, de la que me fui y a la que volví con mucho conocimiento de causa. Y
este libro lo empecé a escribir al poco de volver. He disfrutado mucho
escribiendo de Madrid.
¿Crees que el amor eterno es
viable?
Eterno es mucho decir, pero creo que puede existir el
amor para toda la vida. Pero habrá que verlo con hechos consumados. Yo
he conocido a parejas que llevan toda la vida juntas y que se quieren, pero
creo que es muy sano no dar nada por hecho y tener en cuenta que la relación se
puede acabar y que estar con alguien es una elección diaria, no una
imposición.
