Un transexual en la España de Felipe II

Kain69

 


Se sentía afortunada, le gustaba estar entre flores, sentir como la brisa fresca acariciaba su rostro. Estaba ensimismada dándole forma a un seto del parterre de la casa.


—Elena, Elena, ¿Dónde estás? – Grito doña Catalina.

— Voy Señora, enseguida estoy con usted — Dejo las tijeras de podar a un lado y fue a donde la Doña.

— Elena cámbiate de ropa, estas toda llena de tierra. Necesito que vayas hasta la botica que está cerca de la plaza a comprar unas medicinas para Don Francisco — le dijo mientras le daba una nota.

— Cómo no señora, enseguida voy.


Elena bajó a su habitación, se vistió con la única basquiña que tenía y un camisón limpio. No era una chica de mucho gusto, tampoco es que su condición de esclava le permitiera tener un armario repleto de vestimentas. Cuando se disponía a salir de casa, escucho un grito desde la cocina.


— ¡Elena! ten mucho cuidado, no te distraigas y regresa pronto – Grito su madre, mientras preparaba un rico atún en salazón.

— Si madre, iré directo a comprar y regreso.


Caminó calle abajo por aquellas aceras empedradas de la Alhama, a lo lejos, la Iglesia Mayor comenzaba a descubrirse. Un agradable olor a pan recién horneado impregnaba el ambiente, se estaba acercando a la tahona.


— Como está Don Alfonso. 

— Buenos días Elena, un poco cansado la verdad, ten esta hogaza, cuidado que está caliente.

— Gracias Don Alfonso, no me entretengo que tengo que ir a la botica a por medicamentos para el Señor.

— Ten cuidado Elena, hay mucho revuelo, no vayas por la calle Zacatín.


Elena siguió su camino mientras se comía el pan, veía gente correr por las calles, había mucho alboroto. Comenzaron a sonar cañonazos que provenían de la Torre de la Vela. Los contó uno a uno, pero perdió la cuenta, no supo si fueron diez o doce, Elena asociaba esos cañonazos con un olor extraño, como carne chamuscada.


Aunque Don Alfonso le advirtió que no fuera por la calle Zacatín, le pudo más la curiosidad y corrió hacia ella. Se abrió paso entre la multitud, entre empujones y codazos hasta llegar hasta la plaza Bib-rambla. Se adentro hasta que unos cordones le impidieron el paso. Alzó la vista y ahí estaba, acabando el pasillo de la amargura, vestido con un sambenito negro pintarrajeado con unas llamas y un capirote.


   ¿Le mataran? — exclamó Elena en voz alta.

   Sí — contesto una mujer de mediana edad que estaba a su lado.


En el centro de la plaza, se alzaba un poste sobre una hoguera improvisada. Elena no podía dejar de mirar como ataban al condenado a ese poste. No tardó mucho tiempo hasta que las llamas cubrieron el cuerpo de aquel hombre, el humo no la dejaba ver muy bien, solo podía divisar una silueta retorciéndose de dolor entre las llamas, podía escuchar un tintineo incesante de un cascabel. Los gritos de desesperación retumbaron en toda la plaza, se confundieron con los de la muchedumbre que coreaba, ¡Muerte al sodomita!


Al rato cesaron los gritos y dieron paso a un balbuceo agonizante. Ya no se movía, no había gritos ni balbuceos, aquel tintineo del cascabel que colgaba de su cuello, se fue desvaneciendo. El comisario certifico aquella muerte, lo supo por el sonido del cascabel que llevaba el condenado al cuello, dejo de sonar y las llamas siguieron consumiendo el cuerpo.


Elena estaba pálida, paralizada, lo que acababa de ver en ese momento le heló la sangre. Era la primera ejecución que presenciaba y no sería la última. Su madre le había contado muchas historias, pero para ella, no había punto de comparación, una cosa son los cuentos y otra verlo con tus propios ojos.


De regreso a casa, paso por la iglesia. Incrédula, leyó un comunicado del tribunal que el nuncio había colgado en la puerta «OS LOS INQVISIDORES, APOSTOLICOS CONTRA LA HERETICA PRAVEDAD, Y APOSTASIA…». No podía creer lo que estaba leyendo, la condena de aquel hombre fue por yacer con otro igual.


En ese momento, dentro de Elena se removió cielo y tierra, comenzó a sentir que no encajaba, que no estaba en su lugar. Se preguntaba, si amar a otra persona debía ser juzgado como un acto de fe. Comenzó a comprender que la Santa Inquisición no era tan santa.