Se
sentía afortunada, le gustaba estar entre flores, sentir como la brisa fresca acariciaba
su rostro. Estaba ensimismada dándole forma a un seto del parterre de la casa.
—Elena,
Elena, ¿Dónde estás? – Grito doña Catalina.
—
Voy Señora, enseguida estoy con usted — Dejo las tijeras de podar a un lado y fue
a donde la Doña.
—
Elena cámbiate de ropa, estas toda llena de tierra. Necesito que vayas hasta la
botica que está cerca de la plaza a comprar unas medicinas para Don Francisco —
le dijo mientras le daba una nota.
—
Cómo no señora, enseguida voy.
Elena
bajó a su habitación, se vistió con la única basquiña que tenía y un camisón
limpio. No era una chica de mucho gusto, tampoco es que su condición de esclava
le permitiera tener un armario repleto de vestimentas. Cuando se disponía a
salir de casa, escucho un grito desde la cocina.
—
¡Elena! ten mucho cuidado, no te distraigas y regresa pronto – Grito su madre,
mientras preparaba un rico atún en salazón.
— Si
madre, iré directo a comprar y regreso.
Caminó
calle abajo por aquellas aceras empedradas de la Alhama, a lo lejos, la Iglesia
Mayor comenzaba a descubrirse. Un agradable olor a pan recién horneado
impregnaba el ambiente, se estaba acercando a la tahona.
— Como
está Don Alfonso.
— Buenos
días Elena, un poco cansado la verdad, ten esta hogaza, cuidado que está
caliente.
—
Gracias Don Alfonso, no me entretengo que tengo que ir a la botica a por
medicamentos para el Señor.
—
Ten cuidado Elena, hay mucho revuelo, no vayas por la calle Zacatín.
Elena
siguió su camino mientras se comía el pan, veía gente correr por las calles,
había mucho alboroto. Comenzaron a sonar cañonazos que provenían de la Torre de
la Vela. Los contó uno a uno, pero perdió la cuenta, no supo si fueron diez o
doce, Elena asociaba esos cañonazos con un olor extraño, como carne chamuscada.
Aunque
Don Alfonso le advirtió que no fuera por la calle Zacatín, le pudo más la
curiosidad y corrió hacia ella. Se abrió paso entre la multitud, entre
empujones y codazos hasta llegar hasta la plaza Bib-rambla. Se adentro hasta
que unos cordones le impidieron el paso. Alzó la vista y ahí estaba, acabando
el pasillo de la amargura, vestido con un sambenito negro pintarrajeado con
unas llamas y un capirote.
—
¿Le mataran? — exclamó Elena en voz alta.
—
Sí — contesto una mujer de mediana edad que
estaba a su lado.
En
el centro de la plaza, se alzaba un poste sobre una hoguera improvisada. Elena
no podía dejar de mirar como ataban al condenado a ese poste. No tardó mucho
tiempo hasta que las llamas cubrieron el cuerpo de aquel hombre, el humo no la dejaba
ver muy bien, solo podía divisar una silueta retorciéndose de dolor entre las
llamas, podía escuchar un tintineo incesante de un cascabel. Los gritos de
desesperación retumbaron en toda la plaza, se confundieron con los de la
muchedumbre que coreaba, ¡Muerte al sodomita!
Al
rato cesaron los gritos y dieron paso a un balbuceo agonizante. Ya no se movía,
no había gritos ni balbuceos, aquel tintineo del cascabel que colgaba de su
cuello, se fue desvaneciendo. El comisario certifico aquella muerte, lo supo
por el sonido del cascabel que llevaba el condenado al cuello, dejo de
sonar y las llamas siguieron consumiendo el cuerpo.
Elena
estaba pálida, paralizada, lo que acababa de ver en ese momento le heló la
sangre. Era la primera ejecución que presenciaba y no sería la última. Su madre
le había contado muchas historias, pero para ella, no había punto de
comparación, una cosa son los cuentos y otra verlo con tus propios ojos.
De
regreso a casa, paso por la iglesia. Incrédula, leyó un comunicado del tribunal
que el nuncio había colgado en la puerta «OS LOS INQVISIDORES, APOSTOLICOS
CONTRA LA HERETICA PRAVEDAD, Y APOSTASIA…». No podía creer lo que estaba
leyendo, la condena de aquel hombre fue por yacer con otro igual.
En ese momento, dentro de Elena se removió cielo y tierra, comenzó a sentir que no encajaba, que no estaba en su lugar. Se preguntaba, si amar a otra persona debía ser juzgado como un acto de fe. Comenzó a comprender que la Santa Inquisición no era tan santa.
